LA CHOZA CON VISTA AL MAR Sergio Sepúlveda



Es un recuerdo , como volver a los 19, de un hecho puntual vivido hace muchos años cuando en mis recorridos por los cerros con barrancas que deslindan con la playa de mi pueblo, descubrí una admirable choza argumento de este contar o cuento.

Mi hobby de cazador se suplementaba encontrando en mis andanzas pequeñas habitaciones como: ranchas, cabañitas, chozas, rucas, ramadas, mediaguas, toritos y pesebres en los cuales siempre encontraba seres humanos que eran sus moradores. Ellos, de una u otra forma y por diversas circunstancias tenían que existir en esas soledades campesinas adonde consumían sus vidas.

Vega de La Boca a orillas del Río Rapel cerca de la desembocadura

Salí de madrugada con un hermoso amanecer y después de unas 3 horas de haber andado por los cerros y colinas ubicados al sur y ocaso de mi Aldea, dirigí los pasos hacia el mar para refrescar el cansancio, con ese aire tan puro, fresco y agradablemente oxigenado. De bajada hacia el océano, fui a dar con una chocita emplazada a mitad de la cumbre. Era un armazón de estacas firmemente enterradas, mientras que el techo y los costados, (excepto el que daba hacia el mar), estaban envarillados. Esta estructura había sido forrada con largos cadejos y atados de paja trome, además ramas de eucaliptos amarradas al conjunto con alambres de fardos, quedando así resistentes a las fuertes embestidas del viento en aquel lugar. El lado descubierto, quedaba orientado para donde se producía la puesta del sol, ahí tenía una cortina de sacos muy bien unidos, adaptada para cubrir todo el vano de acceso de lado a lado. Al costado sur, se adosaba una ramada para secar pescado, cochayuyo y charqui de cabrito o de cordero lechón.

Piedra de La Sirena en Matanzas No encontré a nadie en la habitación y me senté en una roca para descansar contemplando la hermosura del inmenso Océano Pacífico que tenía a mi vista. Veía un senderito que serpenteando llegaba desde allí hasta la playa. Observé que un hombre y una mujer, con sus quiños (bolsones de malla para mariscar), a la espalda ascendían por el sendero, seguro pensé eran los dueños de la habitación y allí estuve hasta su llegada. ¡Los estaba esperando, les dije! Quería conocerlos. Se desprendieron de sus cargamentos y se acercaron. ¡Soy Pedro Encarnación y ella es mi mujer, La Negra Tomaza! Y yo me llamo Sergio, soy hijo de don José Jesús Sepúlveda. ¡Ah ya!, conozco mucho a su papá le estuve trabajando cuando sembraba arvejas aquí en la Centinela. Ambos eran de una edad calculada entre 30 a 40 años, rubios oscuros quemados por el sol y el aire marino. No habían perdido el color celeste de sus ojos y las formas de sus cabezas eran como pavachas, (trompos recortados), seguro que descendientes de náufragos holandeses que hubo en esa zona. Esa mujer pulida, habría sido una belleza y el hombre acicalado, un bonito ejemplar de varón.

Desprendieron la cortina invitándome a entrar a su habitación. Ella me pidió que descargara la escopeta porque estas armas, dijo, las dispara el Diablo. Salí, saqué los dos tiros del arma volviéndolos al cinturón que enrollado lo puse encima de la ramada, la escopeta la colgué en una estaca y el perro lo amarré a una piedra porque porfiaba para estar a mi lado. Entrando de nuevo, me pusieron una banquita para que me sentara. Agradeciéndoles les pregunté. ¿Así es que Uds. son La Negra Tomaza y Pedro Encarnación? Exacto, dijo él. Me pusieron Pedro por el nombre de mi padre y Encarnación se llamaba mi madre. Y yo dijo ella, mi padre se llamaba Tomás y mi madre Aurora del Amanecer. ¿Cuánto tiempo hace qué viven aquí? Hace como 8 años contestó la Tomaza, desde que nos juntamos. ¿Hace 8 años qué se casaron? No, dijo ella no estamos casados, vivimos solamente juntos. Juramos que nos casaríamos cuando tuviéramos un hijo pero, no llegaron hijos, no sé cual de los dos será el fallado, en fin agregó, Dios sabe lo que hace.

pareja en carretela paseando por Matanzas a la altura de Las DunasLa mujer llevó hacia fuera un brasero para encender leña y calentar agua en la tetera, pues comunicó que íbamos a tomar un mate. Yo saqué del morral las manzanas que traía y se las regalé. Mientras ella trabajaba en sus quehaceres seguía hablándome y dijo: ¡Yo amo mucho esta cabañita!¿Por qué tanto? Le pregunté extrañado. Ella se detuvo y mirando a Pedro Encarnación, exclamó: aquí yo dije ¡viva Chile! No entendí y le pregunté si jugaba la Selección Chilena; se rió diciendo, aquí fue la primera vez que me acosté con un hombre, señalándolo a él, y ése es el hombre que tengo. El hombre bajó la mirada como avergonzado, mientras yo de viva voz los felicitaba. La Tomaza tomó confianza para decir, las felicitaciones son para mí no más, porque Pedro Encarnación tenía sus historias. No, dijo Pedro esas eran habladurías de la gente, para mí también fue la primera experiencia sexual, saqué bien la tarea, pero no porque tuviera práctica. Miré hacia un rincón, ahí la cama instalada en el suelo sobre unos cueros de ovejas, la cancha estaba raspada, dura y bien barrida. Les ofrecí un catre de los que en casa de mis padres dejaron de usarse. No, respondieron a un mismo tiempo, muchas gracias pero, déjenos así, estos son gustos de pobres y así tuve que entenderlo.

La tetera hirvió y la leña se hizo brasas. La mujer ofreció asar unos erizos o si prefería choros pero, no tengo limón. Yo tengo un limón en mi morral y a decir verdad me gustaría probar ambas cosas. Bueno éstos, los sacamos recién y el rescoldo está a punto para asarlos y colocó varios erizos y choros zapatos en el fuego. Una vez asados me comí los que quise y sin interrupción creo que los comí todos. Pedro Encarnación preparó el mate para servirme, miré la bombilla, era vieja, medio achurrascada y pensé que había sido chupada quizás por cuantas bocas. – Como me saco esto – ¿Cómo podría mentirle a gente tan sana? Se deslizó una falsa inofensiva diciéndole, yo no tomo mate, porque cuando niño mi madre me dio un mate y me quemé el paladar y la lengua. A la Tomaza, fue como haberle transmitido el pensamiento, fue tomó la bombilla y en una fuente con agua hirviendo la restregó y escobilló lavándola bien diciéndome ahora está limpiecita. ¡Bueno, entonces me da un mate pero tibiecito!

Después la Negra Tomaza empezó a ponderar a su pareja diciendo que se conocieron cuando jovencitos. Contó que Pedro Encarnación era muy buen mozo, de muy bonita figura. ¿Ah, le pregunté? era chulo, cursi, siútico o pije. No, no, respondió esas palabras no me gustan, él era un dandi pituquito y él, intervino diciendo y ella era una reina cuando lucía su peinado alto respingado. Pedro, como pensando agregó “más mejor para mí” me habría gustados ser un hombre con estudios, un hombre sabio. Intervine diciéndole, ahí no habrías tenido a la Tomaza y no serías feliz como has sido, hay muchos hombres con estudios y sabios que pagarían por tener tú felicidad. A ver, ¡siéntense aquí a mi lado! Quiero decirles una verdad: mientras más se estudia, más se aprende, mientras más se aprende más se sabe pero, mientras más se sabe más nos damos cuenta de lo ignorante que somos.

Ocaso en Matanzas

La felicidad es saber vivir la vida que Dios nos da. Y a mí se me terminan las vacaciones, mañana debo volver a la Capital para seguir estudiando, tengo que hacer un camino para pasar la existencia y empezamos a despedirnos casi emocionados. De regreso a mi casa, masticando soledades a través de cerros y quebradas, y pensado que los destinos del hombre son tan distintos, sólo Dios es el mismo, eternamente igual.
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Autor; Sergio Sepúlveda Cepeda Ingeniero Civil (J) Navidad
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