EL EJERCICIO DE CONVERTIR LAS IDEAS EN PALABRAS…


ESTE TEMA QUIERE NOMBRE

Por Sergio Sepúlveda Cepeda

Fue, en una noche callada tapizada de estrellas que titilan y bailan al compás del espacio infinito.  El que escribe, buscaba las palabras que estaban en el silencio profundo y para meterse y poder escucharlas, había que hacerse socio de la gran soledad, de una soledad con quietud palpitante y tibio acogedor.

Los recuerdos están en el tiempo pasado, escondidos bajo un mundo olvidado, donde el pensamiento los huele y rastrea en un océano muerto, oscuro y sin indicios de vida.  Allí, el presente empuja y apura hacia el final de la existencia humana desnuda, de dirección, de sentido, y de justificación del destino.

Las palabras antiguas son esquivas para modernizarlas, aunque se escriban iguales, ellas significan otras cosas pronunciadas por bocas del ayer de la vida, ya idas y entregadas al olvido.  Pienso que querían decir con ¡el buen dar! O que remachaban con ¡el que le vamos hacer, si mi taitita no quiere!  Muchos vocablos  de antes ya se extinguieron del léxico criollo.

Dicen los que saben, que hay que escribir para darle sentido a algo.  Yo, pienso que escribir sobre algo, es buscar el tema para acorralarlo como la fiera a su presa y estrujar el dicho con un estilo propio distinto y distante de todo lo demás. Trabajado, condimentándolo pacientemente pero, con entusiasmo, pasión y dedicación.  Nuestras vidas están repletas de sucesos, lo que hoy siento y escribo, mañana se va al pasado y se despide con un adiós, batiendo su sombrero.

Cuando quiero que mi mente descanse para no pensar en nada, sólo lo logro suponiendo que me voy hundiendo de a poco en un mar de espumas pensándolo todo a una vez, como si cada recuerdo fuera munición de un tiro en un solo disparo.  Así, no hay formación de imágenes, porque no alcanzan a formarse y es igual a no pensar en nada de la nada, para bien de nuestra mente cansada que nos pide recuperar su energía necesaria y conveniente para seguir pensando en si mismo y en el ¿qué hay? de los demás.

Creo, que la facultad de pensar es divina.  ¡Cómo no recordar!  Las cosas hermosas, en el jardín de mi madre cuando yo, adolescente, le ayudaba a cultivarlo para obtener bellas rosas de variados colores.  O en las eras donde trillaba mi padre y horquetada tras horquetada el viento separaba el trigo de la paja, hasta dejarlo enteramente limpio.  Ver durante el día, a los pájaros que llegaban allí para alimentarse y en las noches, a la luz de la luna  radiante, acudían también liebres y conejos para saciar su  hambre, haciendo uso de los derechos animales.

Recordar por ejemplo, la extracción de mi primer diente de leche por don Oscar Montes Ortega, matarife del pueblo que con sus manos con olor a carne y sus uñas con lo negro que en ellas se acumula, me engaña para que abriera la boca tomando el diente suelto y de un solo sacudón con tirón quedaba con mi diente en sus manos cuando yo no alcanzaba a decir ni hay y él me decía, este dientecito es para el ratoncito.  Nunca más abrir la boca delante de don Oscar. Con una de mis hermanas mayores decidimos ser nosotros mismos nuestros dentistas. Amarrábamos el diente suelto con un hilo grueso y firme, ya sabíamos contar en inglés hasta diez, pero no nos comunicábamos en que número era  el tirón para que el diente quedara colgando del hilo.

¿Por qué también no pensar? Lo hablado junto a mi amiga.  Esa amiga hermosa y descreída, a quien le preguntaba.  ¿Eres de alguna religión?  No, yo no califico para eso.  Traté con el Budismo, pero no pasó nada.  ¡Yo! y nadie más que yo, soy la única que sé cual debe ser mi relación con Dios.  ¿Y qué pasó con tu catolicismo del tiempo de las monjas? Sonriendo contestó.  Me dejó totalmente vacunada, sobre todo la superstición católica, todo eso de los santos, no puede parecerme más tirado de las mechas.

¿Y tú, que me dices?  Yo soy creyente, soy católico, tengo fe.  ¿Y adonde fondeaste la razón? Me dice lazando una carcajada. ¡No la he fondeado! La acepto hasta donde es, hasta cuando llega a su limitación.  De ahí en adelante, sigo con mi fe.  ¿Cuál fe? Reclama ella. Yo haciéndole un cariño en su bella cara, respondí. Por ahora para ti, (la Fe tiene sus razones, que la razón no conoce)  Ella, después de un profundo suspiro me da un fuerte beso y despidiéndose me dice: “el día que tenga fe, te encontraré toda la razón”

Yo alcazo a balbucear.  La próxima vez que nos juntemos, te contaré cuanto admiro y respeto a los santos, y de un modo especial a los mártires que fueron destrozados por los leones en el coliseo romano por defender su fe. El tiempo fue deshojando los años al pasar con una velocidad acelerada.  Hace poco supe que esa mujer bella e incrédula, mi amiga del pasado, había fallecido siendo una anciana muy creyente a quien en su población le decían la beata del Rosario. La noticia me produjo, afectos, recuerdos y una sana alegría.

FIN

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