EL DISCURSO DEL SILENCIO / Sérgio Sepúlveda


EL RUMOR DEL ATARDECER

En general, toda persona que hace un discurso necesita un escenario apropiado de calma, tranquilidad y quietud, donde se encuentre protegida de interrupciones para realizar dicho trabajo.  Ahí también, toda labor del intelecto se ejecuta en la mente de la individualidad que la hace.  Los pensamientos trabajan totalmente en silencio buscando en la memoria las palabras, ideas y razones que sean proclives al tema en desarrollo.

Sergio Sepúlveda Cepeda
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“El discurso del silencio” se inscribe en un cerebro fértil rodeado de soledad, sosiego, y concentración, situaciones abundantes en los seres humanos.  Pero, en el caso del discurso interpelado el auditorio es, nada más que la propia persona que entiende las palabras mudas de sus pensamientos.  Vocablos a veces musitados, también lanzados al espacio con voces tristes o alegres que pueden ser fuertes y sonoras, o bien todo envuelto en el clima absorto que lo rodea.

Un documental construido así, en especial sordera, consta de palabras sólo imaginadas, calladas, huérfanas de sonidos, carentes de ruidos, ajenas a las cuerdas y al diapasón, divorciadas de todo lo que no sea silencio, pero profundamente gravadas en la sustancia cerebral.  Escritas en el corazón de la mente que permanecen inolvidables a través de los tiempos y los espacios cruzados durante la existencia de los seres racionales.

Son palabras que maduraron con abstinencia de voces sonoras, han sido buscadas en un campo más allá de la ley pero, sí con un componente grande de la Razón.   Palabras halladas   en un lugar donde no hay la astucia del barullo, allí no existen argucias  de los molestosos murmullos, y tampoco han nacido en esa parte los desagradables runruneos.  Es un lugar donde imperan los derechos del silencio, junto a la meditación de la conciencia y la corporalidad del espíritu.  Allí se puede pensar profundamente, ahí se puede hacer un buen “discurso del silencio”

El proscenio ideal, preferido para ubicar un lugar de trabajo en que se acometa realizar “el discurso del silencio”  Es una tarde otoñal con sus últimos rayos del sol reflejados en las hojas amarillas, que brillan como el oro, y que tapizan el suelo de la arboleda dejando a los árboles desnudos que mueren para volver a vivir.  O esperar una mañana tibia, hermosa, radiante de  primavera, en que las brisas acarician, como manos de Dios, los rostros humanos que las reciben.  Mientras que los pulmones se nos hinchan con aire oxigenado y perfumado por jardines, arbustos y hierbas que renacen y florecen con todo su esplendor.

¿Y qué más es el discurso del silencio?

Es el arte donde las exclamaciones están muertas, las cuerdas bucales han caído en las frustraciones y la boca es un órgano como apéndice sin uso, porque toda la pega la hace el pensamiento.  Este estilo es la base o túnel por donde pasan todos los discursos de los oradores y escritores que hacen sus exposiciones.  Hay discursos a veces alegres, llenos de esperanzas y propósitos proyectados a la existencia vivida.  A veces son con tristezas en el alma y penas en el corazón producidos en las despedidas de un ser querido que ha partido al otro mundo.

Cuando “el discurso del silencio” pisa en la mente el terreno de la Fe, él se convierte en una oración muy sentida de agradecimientos hacia nuestro Padre Dios, por habernos creado y ser el Gran Arquitecto de la Creación  Universal.

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